Han pasado casi treinta años desde la detención de García Ábrego, un episodio que marcó un antes y un después en la historia del narcotráfico en México. La captura ocurrió en Juárez, Nuevo León, un municipio que esa noche dejó de ser periférico para convertirse en escenario clave de una operación federal que evidenció el alcance del crimen organizado y el nivel de coordinación binacional que comenzaba a gestarse en los años noventa.
La Noche Que Cambió A Juárez
La fecha fue el 14 de enero de 1996. Juárez vivía una jornada común, sin indicios de que esa noche sería distinta. Sin embargo, en una quinta discreta, ubicada lejos del ruido mediático, se desarrolló una de las capturas más relevantes del país. Juan García Ábrego, entonces considerado el capo más poderoso de México, fue sorprendido sin disparos ni enfrentamientos.
El operativo se planeó con precisión. Bajo el nombre de Operativo Leyenda, las autoridades priorizaron la eficacia. A las siete de la noche, una minivan derribó el portón de la propiedad. Catorce agentes ingresaron de inmediato. No hubo tiros, ni resistencia armada, ni órdenes de ataque.
García Ábrego intentó huir de forma casi absurda, saltando una barda baja. Se detuvo al escuchar la voz de mando. No opuso resistencia. Incluso pidió que no lo golpearan. En el lugar quedaron millones de dólares en efectivo, amuletos y objetos ligados a rituales que, esa noche, no surtieron efecto.
El Ascenso Del Capo Más Poderoso
La caída fue rápida, pero el ascenso había sido largo. A mediados de los años ochenta, García Ábrego tomó el control del cártel del Golfo y entendió algo que otros no habían dimensionado. México ya no sería solo una ruta de paso. Se convertiría en socio directo del tráfico internacional de drogas.
Mientras otros cobraban por traslado, él negoció quedarse con la mitad de la cocaína que cruzaba la frontera. El acuerdo con el cártel de Cali cambió el mapa criminal del continente. Desde el norte de Tamaulipas se abastecían ciudades clave de Estados Unidos.
Libre Tránsito Para El Capo
Aviones aterrizaban en pistas clandestinas. Autobuses cruzaban sin revisión. El dinero se movía con precisión. La corrupción funcionaba como una nómina regular. Para García Ábrego, el Estado era parte del engranaje.
Paradójicamente, el hombre que controlaba ese sistema vivía dominado por el miedo. Le aterraba volar. Creía en la santería, en los números y en rituales de protección. Programaba ejecuciones siguiendo supersticiones. El día de su captura, ninguna funcionó.
De La Captura A La Violencia Extrema
En 1995, Estados Unidos lo colocó como el narcotraficante mexicano más buscado por el FBI. Ofrecieron una recompensa millonaria. Desde ese momento, su margen de maniobra se redujo. Buscó discreción. La encontró en Juárez, Nuevo León. Ahí terminó una etapa conocida como la “pax mafiosa”.
En menos de 24 horas tras su captura, fue expulsado del país bajo el Artículo 33. No hubo procesos largos. En Houston recibió once cadenas perpetuas consecutivas.
Pero su legado no terminó ahí. Los hombres que había reclutado como escoltas, exmilitares entrenados para proteger, evolucionaron. Pasaron de custodiar a mandar. Así nació un grupo que marcaría una etapa de violencia extrema en México.

García Ábrego Cerró Una Era
La lógica cambió. El soborno dejó de ser suficiente. Llegaron los cuerpos colgados, las decapitaciones y la guerra abierta. La captura de García Ábrego cerró una era y abrió otra mucho más sangrienta.
Hoy, tres décadas después, la quinta de Juárez sigue en pie. Albercas secas, maleza y rumores de túneles alimentan la leyenda. El lugar permanece habitado, pero el peso histórico sigue ahí. Juárez fue, sin saberlo, el punto donde el crimen organizado mexicano cambió para siempre.
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